James Holmes se apersonó, enmascarado y armado hasta los dientes, en el estreno de la última película de la saga de Batman. Entró al cine y disparó contra la multitud. La policía lo atrapó casi de inmediato, pero no antes de que logre matar a 12 personas y herir a 58. Cuando, tres días después, se presentó ante el juez, Holmes tenía el pelo color naranja, la mirada perdida y no parecía en condiciones de contestar preguntas: la viva imagen del "loco del rifle". Unos días antes, claro, nadie fue capaz de anticipar lo que ocurrió el trágico 20 de julio.
Cada vez que ocurre una de estas matanzas indiscriminadas, las personas más o menos cercanas a los autores de las muertes opinan sobre el carácter y el estado anímico del asesino. Hay quienes se sorprenden y otros afirman que era algo "que se veía venir". Además, la gente se pregunta si este tipo de sucesos es evitable.
Con los actuales avances tecnológicos y científicos y la creciente especialización de los investigadores en el campo de la psicología criminal, cabría pensar que es más fácil advertir quién es un potencial asesino en masa. Aunque los expertos coinciden en que es prácticamente imposible saber de antemano quién va a realizar un acto de este tipo, hay indicios que permiten detectar una personalidad con tendencia a la violencia.
"En el ser humano siempre hay razones, desde lo psicológico, para explicar estas conductas de extrema violencia", afirma Angel Uslenghi, perito médico oficial de los tribunales de Tucumán y profesor de Cátedra de Salud Mental II de Facultad de Medicina.
Según el psiquiatra, es muy posible que el atacante, con una estructura de personalidad con tendencia a la agresión, haya sido él mismo víctima de violencia, psicológica o física. Pero, asegura, "no se enferma el que quiere, sino el que puede", por lo que no todas las víctimas de violencia se convierten en personas agresivas. "Hay quien se aísla y se deprime, y quien decide atacar a otros", comenta Uslenghi.
En estos individuos, el factor desencadenante es múltiple, pero no casual. Puede estar toda una vida con esa violencia latente, hasta que un hecho (una separación, una pelea, el despido del trabajo) la desata.
"Se trata de individuos que también son autoagresivos, con baja tolerancia a la frustración, con manejos antisociales y una conducta de aislamiento. También pueden pertenecer a grupos que preconizan ideales de violencia, donde estas tendencias se potencian y retroalimentan, hasta que alguno de ellos surge como emergente y actúa", explicó el profesional. LA GACETA©